Diario de la gris contenta

Anhelaba la planicie última con una necesidad imperante propia de un humano que ha vivido siempre entre escarpados y descensos. Pero no hay consuelo cuando se obtiene todo tan de repente o en la inconsciencia del adormecimiento del sueño, aunque he de admitir que no fue un sueño, fue succión, histerismo, jalarse de los cabellos y destrozo de materia, debilidad que se me pronosticó y con anticipación a la caída última posterior a la felicidad idiotizante de obtener la puesta de sol más brillante, la saciedad más molífica.
Solo fui un calambre de mis dedos, no fui yo, solo esa pequeña parte en la que me concentré: esa fui yo y nada más.

No hay despertar.
No hay aves celestes invadiendo/enverdeciendo el oscuro.
Sentada, vieja, acabada, le sonrío a las parras sin fruto y sonrío con la risa que se ha alejado del histerismo.


Aunque claro, todo es apariencia.

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