Amor de senos grandes (archivo pdf, abrir)
Caminé bajo el muérdago blanco, deshojado, tan ridículo como una patada al estómago y como yo mismo, la añoranza maldita, maldita sea, los dedos se me entrecruzaban de esperar qué sé yo, esperaba que apareciera en ese mismo instante y zarandearla fuerte hasta dejarle marcas como mariposas revoloteantes en los hombros - a ver si podía luchar contra signos dulces – y también abofetearla a besos. Mi amor es obsceno, como una vaca lamiendo a una tortuga, enamorada hasta el tuétano. Pero ella no venía, nunca hay que confiar en mujeres de senos grandes, ni siquiera era bonita. Ya no sabía nada, me desesperaba. Quería arrancar el muérdago de raíz y volverme vacío, como el rojo enfermo de la sangre que me brota cada vez que me corto el tallo de los brazos. No, nadie ve nada, nunca nada, solo me importa la chica de los senos grandes. Te amo, le dije. Cuál será su nombre, pero yo le puse Juanilla en mi mente. Sí, Juanilla, pastorcilla domadora de ovejas, quiéreme porque tengo lana y sumisión y rareza arcaica. Me voy perdiendo, perdiendo…Juanilla, bonita, aparece de una puta vez, el muérdago, el muérdago nos ha conminado a estar aquí y juntos. Porque eres animal de monte y yo quiero tus montañas y abrirme ruta en tu carne putrefacta.
Te crees linda, animalita, te vi caminar junto a la estación de tren meneando el pelo al viento. ¿Y sabes?, no hay mentira en las plantas, yo que soy druida y medio loco y por loco, cuerdo, lo sé todo de la copulación de ojos y de los destellos de dientes que prometen mordidas sexuales. Y tú me prometiste todo eso mientras acariciabas tu pelo azabache sin miedo al tiempo que te teñirá de canas gratis y sin darte vuelto.
Jumento y todo, te quise con el histerismo de mis partes bajas estremecidad y te dije despacito, despacito, que el muérdago y yo aguardaríamos el eco de tus pasos y a tu figura misma, arcilla de estambre, totalidad vacía sonrojada y a tus truenos de pedazo de cielo a eso de las cuatro de la tarde, a eso de las horas sin nombre ni número.
Qué extraño, criatura, no apareces. Sigo dando vueltas al parque y mis zapatos ajustan mi cuerpo, no solo mis pies, ajustan a mi alma, si tengo una, pero no, me llamaste locoestúpido, qué miras. Cariño, te miro a ti, a la parálisis de ... (...)
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